El círculo de los escritores asesinos, de Diego Trelles Paz


Por Miguel Ángel Hernández Acosta

Una buena novela tiene tres características: una historia interesante, un crecimiento de sus personajes y un punto de vista narrativo que la convierte en única. Si este último elemento se cumple, pasa desapercibido para el lector; si los protagonistas cambian de acuerdo a sus caracteres, se vuelven memorables, y si la historia es buena, se fija en la mente hasta convertirse en la anécdota de un conocido y no en la de un personaje de libro.

El círculo de los escritores asesinos, de Diego Trelles Paz (Lima, 1977), responde a estas cualidades aunque el personaje que guía el libro, un editor pedante llamado Alejandro Sawa, quiera hacer creer al lector que lo que tiene entre sus manos no es una novela, sino un documento testimonial: “Los hechos aquí narrados pertenecen a una de las historias más negras de la vida cultural limeña aunque, dado su carácter provinciano, es probable que a nadie le importen”.
Con esta advertencia, Sawa expone cuatro documentos que dan cuenta de la creación de un círculo de jóvenes escritores que una noche matan al crítico literario García Ordoñez, debido, al parecer, a que destrozó la revista literaria que ellos editaban. Los miembros de este círculo, cada uno autor de uno de los manuscritos, son Ganivet, el Chato, Larrita y la despampanante Casandra.

Ganivet, desde la cárcel, escribe un lúcido texto donde mezcla reflexiones literarias y referencias cinematográficas para dar cuenta de este círculo de escritores con ansias de ser alguien: “Yo soy un poeta. Puedo comprender esa verdad oculta a los demás. Entre otras tragedias, cargo con mi anonimato, soy un poeta desconocido, un juglar sin público”, dice en un momento este hombre que considera a Artaud, Baudelaire, Célan, Cernuda, Pound, Rimbaud, Tzara, Verlaine y Vallejo como sus “padres espirituales”. De este modo, Ganivet explica cómo surgió el círculo y cómo, por el afán de impresionar a Casandra, se fueron reuniendo semana tras semana para ir a ver películas, platicar de literatura y crear una revista. Todo esto, acotado por Alejandro Sawa, quien en notas a pie de página refuta o confirma lo que Ganivet escribe: “El Manuscrito G está plagado de citas y referencias culturales que, en más de una ocasión, Ganivet no esclarece. En este caso, por ejemplo, se refiere a los tres protagonistas de Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño. Es importante recalcar que para nosotros –los del Círculo- Bolaño era una especie de Borges, Y Borges, claro, junto al gran César, algo muy cercano a Dios”.1

Por su parte, el manuscrito de El Chato es una especie de memorias, aunque el autor aclara: “De los géneros literarios con pretensiones de veracidad, el autobiográfico es el más cínico y complaciente de todos”. A partir de esta sentencia El Chato, quien verdaderamente se llama “##### #######”,2 cuenta desde el exilio su versión de los hechos. Aunque menos ilustrado de Ganivet3, El Chato resulta más cercano por imperfecto, por auténtico, porque es un hombre imprudente quien decide contarle a un académico llamado Erasmo todo lo que le aconteció mientras participó del Círculo, quizá en una especie de autoconfesión para liberar su alma.

A su vez, Larrita es el integrante del Círculo quien mejor representa el personaje aventurero que va más allá de los libros y vive sus propias aventuras al estilo Arthur Rimbaud, pero también al de Ulises Lima. Por eso su narración no termina con él en Perú, tras la muerte de García Ordoñez, sino a las puertas de una ciudad africana descalzo y en calzoncillos, tras haberse librado de haber muerto en el anonimato de una especie de burdel.

Por último, el manuscrito de Casandra es revelador por deshilvanado y porque muestra cómo una mente enferma es capaz de pasar como sana ante otros que quieren admirarla. Además, complementa las versiones anteriores y reduce la importancia del asesinato, así como de la creación del Círculo, a un simple capricho u ocurrencia de una mujer enamorada que no sabe cómo transformar o hacer más interesante su relación de pareja.

Así, El círculo de los escritores asesinos muestra con personajes hasta chocantes (a fin de cuentas son literatos) cómo la vida cultural es interesante sólo dentro de sí, cómo se pueden crear guerras intestinas que a nadie más le importan. Es, por decirlo de alguna forma, la recreación irónica de un mundo donde sus integrantes pueden destrozarse sin que a las “personas comunes” les interese en lo más mínimo. Es, asimismo, una novela la cual maneja a la perfección el tono de cada uno de sus personajes, creando antihéroes que a pesar de ser pedantes, resultan entrañables por sus manías y defectos.
Con El círculo… Diego Trelles Paz retoma y renueva la tradición de esas grandes novelas encabezadas por la Rayuela cortazariana y por Los detectives salvajes.

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1 Curiosamente, al hablar de los personajes de esta novela, Ganivet regala al lector mexicano una especia de síntesis de su estilo al narrar: “Como muchos, cuando leo andanzas de un personaje novelesco tiendo a imaginarme su rostro y, si no conozco al escritor o no he visto su foto, tiendo a relacionarlo con la primera persona que aparece en mi pensamiento. De Ulises Lima, por ejemplo, puedo decir que era una mezcla psicodélica de filósofo presocrático con chamán indígena y que tenía la cara de Joselo Rangel”. A su vez, el integrante de Café Tacuba ha escrito al respecto en su columna ‘Crocknicas marcianas’ que publica todos los viernes en el periódico Excélsior.
2 Sawa encubre el nombre de El Chato por cuestiones de seguridad, aunque resultan ilógicas, pues el mismo Chato escribe el texto con el afán de presumir su participación en el Círculo, así como de deslindarse sólo de algunas de las acusaciones en contra de éste.

El círculo de los escritores asesinos, Borrador Editores, Librosampleados

Trelles Paz, Diego. El círculo de los escritores asesinos. Candaya. Barcelona, España: 2006.

Trelles Paz, Diego. El círculo de los escritores asesinos. Lima/Distrito Federal. Borrador Editores/Librosampleados, 2012. COMPRAR