La noche es luz de un sol negro, de Édgar Omar Avilés

Por Miguel Ángel Hernández Acosta

Si es cierto que el terror es una parte fundamental del género fantástico, estos cuentos no pertenecen a él. Si es posible deambular por el regionalismo sin caer en la tradición rulfiana, entonces estos relatos se lo apropian de una forma diferente. Si la prosa poética es una herramienta retórica para crear ambientes, estas historias la redefinen. Es decir, La noche es luz de un sol negro es un conjunto de cuentos que cuando se trata de clasificarlos, algo salta e impide ponerles una etiqueta.

Por ejemplo, “Genaro” sucede en un pueblo. En este cuento, dos comadres hablan como si fueran personajes rulfianos, pero algo anómalo hay en el ambiente: los hijos de una de las mujeres son asombrosamente parecidos y cuando el mayor llora, los que le siguen lo hacen también (incluso el que está en vientre de la madre). Por ello, la embarazada ha de tomar una decisión que permitirá que esta condición extraña deje de repetirse. Si todos sus hijos son sólo uno, ¿por qué no criar únicamente a uno de ellos?

O en “Bola de pelos”, donde con ciertos ecos de Francisco Tario, se cuenta la historia de un hombre quien encuentra una bola de pelos en su comida y al darse cuenta que tiene vida, decide cuidarla a costa de perder a su mujer, su profesión, su vida. O en “La burla” donde otro hombre descubre un libro en el cual puede leer la vida de otro ser justo igual a sí, y que tras cada párrafo descubre su vida misma que alguien ha decidido escribir y contar para que él, como si fuera parte de una maldición, esté condenado a acatar cada una de las palabras de ese autor anónimo. Pero esto, acompañado de una prosa que cadenciosa se abre paso ante el horror propiciando una lectura diferente: “Se van seis meses, seis cuervos que se alejan graznando para volver un día con más impulso y enterrarle las garras-traumas”.

Conformado por dos grandes apartados (“Cuatro son las puertas” e “Insecto y alfiler”), este libro contiene cuentos que a su autor, Édgar Omar Avilés (Morelia, 1980), le valieron “más de una docena de reconocimientos nacionales e internacionales”, al igual que una serie de minificciones que en algunos casos pueden ser farsas, pero en otras poesías escritas a renglón seguido. Son historias que se regodean en la desilusión y en la burla, como en “Vida extra” donde al personaje Pahko se le otorga una oportunidad de remediar su vida al jugar una extraña versión del videojuego Pac-man, o en “Andrógino”, donde la locura de un pintor termina transformándose en un chiste debido al escurrimiento de un trazo.

Es decir, en La noche es luz de un sol negro, Avilés se sumerge en la llamada literatura fantástica y en ocasiones la revuelca para que produzca algo diferente, pero otras veces simplemente hace uso de ella no para dar la vuelta de tuerca a una historia, sino a la misma forma narrativa. Es, así, una apuesta no sólo por el contenido sino también por la forma como se presenta. Aunado a ello, hace que algunas frases por su lirismo determinen no sólo el ambiente, sino reflexiones profundas: “La suerte es un jaguar que nos asecha fastidiado de las mentiras que cuentan las luciérnagas; no es como soñamos”.

Alguna vez, Avilés contó que en un momento de su vida decidió dejar de lamentar que los premios, las publicaciones, las becas no llegaran. Entonces se puso a escribir y a disfrutar de su escritura. Por lo que se ve en este, su primer libro, su apuesta valió la pena.

Avilés, Édgar Omar. La noche es luz de un sol negro. Ficticia. 2007.