La vida triestina, de David Miklos

Category : Reseñas


Por Alejandro Badillo

Desde su primer libro, La piel muerta (2005), la narrativa de David Miklos (San Antonio Texas, 1970) se decantó por historias que remitían a lo privado, obsesiones que buscan su lenguaje en el ritmo y repetición que gravitan alrededor de un centro nebuloso, que habla para sí mismo.
En La vida triestina advertimos los mismos mecanismos: fragmentación, devaneo y simplificación exacerbada del lenguaje. La poética de David Miklos sigue el camino de libros como Una finestra che guarda tramontana o Viaje al país de la errata de Gabriel Bernal Granados publicados también por Libros Magenta que se mueven en territorios vertebrados por el vagabundeo y la reflexión. Sin embargo hay diferencias: las obras de Bernal Granados apuestan por lo indefinido pero partiendo de lugares ubicables, escritores, pintores, una base que sustenta y ramifica la mirada. La vida triestina busca la sustracción, eliminar casi cualquier referencia para hacer un close up al protagonista-narrador. La narrativa de Miklos, en esta última etapa, plantea el viaje pero no como conocimiento sino como incertidumbre. Los cuentos o prosas que llenan el volumen tienen como leitmotiv el Trieste de Claudi Magris, una región en los límites de la historia, crisol de razas, de lenguas y de costumbres. Si en El Danubio el escritor italiano utiliza el recorrido del río para reflejar la unidad cultural de la Mitteleuropa, en La vida triestina el camino es el río de pensamientos que se bifurcan e impiden, aparentemente, lo homogéneo. Miklos construye su andamiaje con la simpleza y la evocación hipnótica de las imágenes. Sin embargo en este libro no existe la atmósfera lírica de las anteriores obras, sólo palabras casi desnudas de retórica, ladrillos que el escritor apila para buscar una visión general, como quien mira de lejos un cuadro.

Si hay alguna crítica a La vida triestina es llevar al extremo las herramientas en las que funda sus fortalezas. Al cerrar el libro, más allá del contexto europeo, de las calles, los bares y la mirada que clasifica, uno se pregunta cuál es el camino a seguir, si Miklos acabará en un terreno tan desnudo que lo acerque a lo conceptual, al contexto e interpretación antes que el organismo vivo de las palabras. ¿Hasta cuándo menos será más?

Como menciona Antonio Ortuño en su reseña de La piel muerta: “Inútil esbozar la trama anecdótica de un libro que no plantea una historia, sino que ofrece un paseo —a veces asombroso— por episodios escultóricos, que se recorre como un paraje”. La vida triestina busca encantar con lo mínimo, con lo que no se dice. Veremos cuál es el siguiente paso, hasta qué punto se puede prescindir de la historia y al mismo tiempo, conservar la tensión y la profundidad que tiene la literatura de valía, hecha para trascender modas.

Miklos, David. La vida triestina. Libros Magenta, 2010.

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