Los escritores invisibles, de Bernardo Esquinca

Category : Reseñas


Por José Luis Enciso

 

“¿Qué es lo que hace a un escritor alcanzar el éxito? No lo sé, pero definitivamente ningún autor de prestigio comenzó buscando a una persona desaparecida para conseguir que le publicaran su primer libro.” La conclusión es de Jaime Puente, protagonista de Los escritores invisibles, novela de Bernardo Esquinca. La sentencia es, además, el leitmotiv de la obra.

Puente es un escritor inédito, incluso en periódicos y revistas, que anhela publicar una novela pero es rechazado por varias editoriales. Este novel —aquí la uve debería resaltarse— padece el desdén del mercado de los libros, nadie lo toma en serio en un mundillo editorial esnobista, superfluo y jodido, pero aguanta vara, con tal de que lo editen. Ese afán exitista —publico, luego soy exitoso— lo lleva a verse envuelto en el condicionamiento señalado inicialmente: una gran editorial lo publicará si es capaz de hallar a Roberto Rojas, un escritor que ha desaparecido y que posee un manuscrito capaz de cimbrar el mercado editorial. Todo ello se mezcla con un asesinato. El protagonista se refugia en un pueblo en el que descubre una cofradía peculiar cuya característica es la creación de novelas eróticas, algunas de ellas muy buenas.

El argumento no suena mal para un suspense, pero en esta obra el lector que se entusiasme con esa idea inicial se enfrentará a una novela distinta; tampoco es literatura erótica, aunque la acaricie tangencialmente y sugiera una brevísima apología del porno. ¿Me refiero entonces a una novela fallida que ni fu ni fa? No, sino a una obra que juega con las formas sin llevarlas al límite a fin de abrirle paso a una intención que trasciende los géneros, interesada en despotricar —tal vez con justeza— acerca de la mercantilización de la literatura, así como a las visiones que de ella se tienen desde lo naif hasta lo cínico.

Por ejemplo: de las cuatro partes del libro, la primera y la última contienen una serie de argumentos pensados por alguien que idealiza a los escritores y la literatura. En “Un hombre común y corriente”, el inicio, Puente elucubra acerca de su condición con un candor insufrible:
Tengo una teoría (…) Mi malograda carrera literaria tiene que ver con mi historia personal. Mis padres fueron personas comunes y corrientes (excelentes padres, eso sí) (…) Por el contrario, los escritores que más admiro tuvieron experiencias familiares definitivas (…) Comienzo a lamentar no haber corrido con su misma suerte.”
El muchacho sufre porque no sufre, se siente un escritor fracasado debido a que su imaginación normal no fue capaz de suministrarle traumas suficientes para estimular su creatividad. Buena parte del capítulo inicial el narrador se dedica entonces a revisar las vicisitudes familiares de James Ellroy, J. G. Ballard, Chuk Palahniuk y Paul Auster. Todo para decirnos que él espera romper el hechizo, ser el primer escritor común y corriente “que le robe a la vida su corazón más secreto y henchido de sangre”, o sea, encumbrarse como escritor.

Tras esta larga delineación del protagonista, en “Los escritores invisibles” —el segundo capítulo— se plantea ya lo que llevará a Puente a aceptar el chantaje que podrá hacerlo célebre, pero se topa con un descubrimiento: “La literatura a veces también es un crimen”.

La tercera parte, “La cofradía de las amas”, concentra la idea de que en la pornografía está la salvación de la literatura; esto mientras Puente lee las novelas escritas por las cofrades y halla formas menos comprometidas con las convenciones y más con lo que él entiende por verdadera literatura. Y en el último apartado, “El gran vacío”, el protagonista se enfrenta con la evaluación de lo que ha vivido y si estar en peligro ha valido la pena. “Sigue escribiendo. Eso es lo único que importa”, le aconseja a manera de consuelo un amigo.

No estamos ante una novela de una sola pieza, sino frente a un compendio de cuatro historias —la primera demasiado larga para lo que cuenta—; el hilo que las hilvana es el rencor de los inéditos hacia los editados, exorcizado a través de la caricatura de un joven escritor: Jaime Puente, que anhela deslindar la literatura de las camarillas y la mercantilización, tanto que sugiere la hipótesis, estimulante o sombría, según los vientos, de que los mejores escritores en muchas ocasiones son invisibles y no publicados. Total, ¿quién podría afirmar lo contrario, si es imposible la comparación?

Esquinca, Bernardo. Los escritores invisibles. Fondo de Cultura Económica, 2009.

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