El Cristo negro, de Salarrué


El Maral de Lecturas
Por Hugo César Moreno

El sacrificio impone la creación de un espacio simbólico donde el sufrimiento se pone en suspenso para que sea el sacrificado el único punto donde el suplicio estará activo. La comunidad sacrificante gozará del beneficio de la ausencia instalada en el objeto convertido en holocausto. Se crea el lugar para el desbordamiento y la ceremonia se extiende a los pechos límpidos, saneados por el sacrificio.
En la tradición cristiana el sacrificio lavó los pecados cometidos, pero no los vivió, dejando la cicatriz de la culpa intacta en las almas. El caso griego es muy distinto, según el dicho de Nietzsche, pues ahí los dioses no lavaban el pecado para marcar con la culpa, sino que se eran los culpables de la falta, jugando con los hombres cometían tropelías a través de la carne humana. En El Cristo negro nos enfrentamos al sacrificio en acto. Uraco, el personaje, no espera la forja de la culpa, se convierte en el culpable, en el gran pecador y, por ende, el verdadero salvador de aquellos que se atraviesan en su camino. Se condena salvando y lanzándose a la hoguera de “una sonrisa blanca entre los cárdenos labios sensuales y los lienzos negros”. Se deja deglutir por la oscuridad “¡Y todo porque ella no pecara!”, descubriendo su vocación salvífica.

La hermosura de su negro proceder contrasta con la enormidad de su alma condenada a fuerza de conmiseración. Es un santo llevado en volandas por ángeles caídos, las alas de murciélago y los animales rastreros marcan sus caídas, sus muertes, para probar cómo se adoquina el camino hacia el cielo, haciendo escala en el infierno, atravesándolo incólumes gracias a que Uraco se convierte en puente de carne para librar del fuego.

Salarrué peca con Uraco de comprensión profunda sobre el fenómeno de la religiosidad cristiana alojada en la autoctonía de un pueblo flagelado, practicante del sacrificio activo, “embriagado por un vago misterio de horror y de grandeza, mezcla de terror y orgullo”, destruyendo la malevolencia humana “mientras sangraba la miel de perdón”.

La prosa de Salaurré sangra esa miel poética con que endulza la tragedia de un santo oscuro. Un Cristo negro amplificado por los pecados que evitó, por las almas atesoradas en el cielo gracias a su vileza, a su alma amparada por un Diablo un tanto disgustado por los sacrificios del mestizo, sincretismo hecho carne, pero excitado por haberse hecho de alma tan noble, loca y perfecta para descubrir los hedores supurados por los entresijos del ser humano.

Santo y loco, embargado por una locura de salvación “apartando siempre la mano que se tendía en servicio del mal para interponer la suya” y convertirse en el dueño del pecado, monopolizando el pecado. Pero era tan pequeño y tan loco que apenas le alcanzó la grandeza para vengar unas cuantas transgresiones convirtiéndose en verdugo incluso de sí mismo.
Entonces Salaurré, sacrílego y despiadado, inventa un martirologio bizarro donde un mestizo de piel oscura representa el vía crucis del salvador. El castigo al sacrificio de Uraco es convertirlo en copia apócrifa de la muerte del Salvador, tal y como actúa Satanás, ensuciando los atavíos de su némesis.

Y sólo los ojos del poeta pudieron capturar el sufrimiento del supliciado. Llegó buscando inspiración para transformar la madera en elevados símbolos de genuflexión ante la divinidad. A sus oídos el remedo de martirologio le parecieron un buen ensayo para viajar al pasado y sentarse en el Gólgota centroamericano, “sus ojos bebían ávidamente el encanto místico de aquella escena”, que serpia reproducida para una eternidad. Hecho estatua Uraco alcanzó la gloria de su sacrificio, pero sin su nombre, sin su identidad, sin su verdad. Así pasa con los salvadores, aquellos que no lavan el pecado, sino que lo comenten para sacrificar su alma y dejar impoluta la de los demás.

Salarrué. El Cristo negro. México, UNAM, 2004.